ATEÍSMO EN ADOLESCENTES, HOY




En el siglo XXI, el ateísmo ha venido refutando la existencia de Dios con placer y fuerza, con una característica que sin duda proporciona algún tipo de impacto inmanente y directamente en la antropología moderna; arraigada en su paso por la historia desde los mismos conflictos de la Iglesia y las religiones, las diversas situaciones eclesiológicas, políticas, morales, teológicas y sin dejar de lado el testimonio convincente en su momento de aquellos desvirtuados y no convencidos (inclusive los clérigos) de la causa de Cristo en la Cruz; así como el modelo científico, intelectual y si es el caso agnóstico, que deja ver la calidad de compromiso frente al misterio encarnado y transubstancial.

Trataremos de ubicar el lugar que debe ocupar este tratado en la teología; así como las relaciones de este mismo tratado con toda la teología. Para hablar de ateísmo, primero es necesario conocer en sí el significado etimológico y el significado teológico. Hablar del ateísmo como ausencia de Dios, es negar lo que existe trascendentalmente y como ser Divino. Se puede hablar de ateísmo en muchas maneras, formas, lenguas etc., pero en esencia se desconoce de qué se está hablando realmente, desde el mismo enfoque antropológico de dicha conversación, debate, tertulia, comentario etc.

El ateísmo como negación de una divinidad específica y conocida a la vez, requiere un dominio propio desde la experiencia; aunque sin olvidar que el ateísmo como tal no existe, puesto que en el mismo momento en el que una persona dice “soy atea”, en su mente existe el concepto Dios, luego no es atea, porque sabe que existe pero se rehúsa creer en él, como Dios y Señor de todo. A lo largo de la historia podemos evidenciar que en las grandes culturas antiguas, aun a pesar de su ignorancia doctrinal y teológica, adoraban dioses, llevando a concluir la tesis antes expuesta. La adoración a un ser supremo, implica creencia y fe; aunque no haya doctrina o documentos que la sustenten; aun así, sigue siendo una expresión religiosa y de culto.

El ateísmo a los largo de la historia, recae en negar a Dios, o negar el tipo de divinidad de otros según su forma de concebir dicha deidad. Se le llamaba ateos a todos aquellos que no creían en los mismo dioses, por ejemplo: imaginemos que un hombre griego visita Roma por asunto de negocios y comercio y ante la diferencia de dioses que los romanos adoran, él se resiste, puesto que los dioses griegos son diferentes, muchos más, el culto y la adoración, etc., como tal, los romanos al ver que no hace expresión alguna a sus dioses, optan llamarle y señalarle ateo, cuando no lo es. Ahora vemos de una manera más clara que el ateísmo no existe como tal; es sólo una forma autónoma de concebir a Dios quizá personalmente y confidencial, o simplemente no lo concibe el público, tal vez, porque la adoración y culto no son compatibles, preferiblemente buscará hacerlo a su manera.

El gran problema de nuestro tiempo es teológicamente, el ateísmo. Es problema en el sentido que  va en aumento. Ello se debe y caracteriza por la versión intelectual, testimonial y la misma ausencia de Dios en las diversas situaciones de la vida; lo que lleva a muchas personas a decir con coraje su ateísmo. Entendible, quizá no, o tal vez sí, desde el punto de vista antropológico, donde quizá hubo situaciones en las que Dios guardó silencio y prudencia; dejando notar la razón de ser de los acontecimientos diarios en la vida de cada ser humano, partícula de su obra latente.

Respecto a aquellas personas que nunca han estado expuestas al concepto Dios individual y Trinitario como unidad transubstancial y unidad presente, difícilmente se han encontrado con una religión, doctrinada y fundamentada teológica, epistemológica, metafísica y hermenéuticamente capaz de dar convicción y satisfacción a su espiritualidad y concepción divina de un Ser Supremo que es y será fundamento de la existencia humana y de todo lo invisible y lo visible hasta ahora conocido.

Ahora bien, es propio aclarar que para muchos, el ateísmo, es reprobable, que no tiene espacio ni tiempo. Pero en el fondo, una vida sin examen no debe ser vivida (Sócrates), para identificar hasta dónde somos o no ateos, a pesar de creer y profesar nuestra fe, credo, religión, ritos etc., los cuales identifican la espiritualidad y el modelo de “vida religiosa” que llevamos; o las cualidades y virtudes de ser agnósticos disfrazados de creyentes, con la posibilidad de caer en la falencia de compromiso y disciplina. Dicho así, no tener fe, equivaldría a ser una persona convencida de: “si Dios no existe, todo está permitido” (F. Dostoievski). 

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