jueves, 18 de junio de 2015

INTRODUCCIÓN


Nos interesa, en particular, ver en un primer momento la manera cómo las imágenes hegemónicas que tenemos sobre el mundo adulto en las sociedades patriarcales han influenciado en la manera como nos "imaginamos" a Dios en la teología y en las iglesias. Para confirmar lo que decimos, basta analizar las predicaciones, la catequesis, el testimonio, las leyes, las normas, etc. Estas imágenes de Dios, a su vez, han influido directa o indirectamente en la conformación de ciertos imaginarios predominantes sobre la juventud y la adultez, las cuales repercuten dialécticamente en la condición y situación de los y las jóvenes hoy. Pero nos motiva también trabajar a la inversa, es decir, a partir de los nuevos imaginarios emergentes sobre la juventud, rediseñar nuevas imágenes rejuvenecidas de Dios y, por tanto, nuevas imágenes de los adultos.

San Juan Pablo II, comentó así estas palabras del Salmo “el orante se derrama en alabanza de la ley de Dios, que toma como lámpara para sus pasos en el camino a menudo obscuro de la vida[1]”. Queridos jóvenes, amen la palabra de Dios, y amen la Iglesia, que les permite acceder a un tesoro de un valor tan grande introduciéndolos a apreciar su grandeza, que es la Santa Eucaristía. Ámen, sigan, crean y anuncien al Dios de Jesús, el fundador de la Iglesia, de la misión de iniciar a los hombres el camino de la verdadera felicidad.

No es fácil reconocer y encontrar la autentica felicidad en el mundo en que vivimos, en el que el hombre a menudo es rehén de corrientes ideológicas, que lo inducen a pesar de creerse libre, a perderse en los errores e ilusiones de ideologías aberrantes. Urge liberar la libertad[2], iluminar la obscuridad en la que la humanidad va a ciegas. Jesús ha mostrado como puede suceder esto: si se mantienen en mi palabra, serán verdaderos discípulos míos, y conocerán la verdad y la verdad, les hará libres. El verbo encarnado, Palabra de verdad, nos hace libres y dirige la libertad de los jóvenes, hacia el bien.

Es muy común dentro del cristianismo tratar con cristianos indiferentes, perezosos con falta de energía, apáticos. Hay muchos cristianos sin fuerzas, que nada importa para ellos, están pensando solo en sí mismos, nada les turba el corazón, nada los hace moverse de su comodidad. Están estáticos. Es muy común verlos que no tienen comunión con Dios, no leen la palabra, no ayunan, no van mucho a la iglesia, no ayudan a sus prójimos. Tienen una vida sedentaria, donde abren más la boca y mueven más rápido la lengua que los brazos o los pies.

La persona apática percibe la vida espiritual como insulsa, vacía y sin sentido, siente que el gozo y las partes gratificantes del cristianismo han sido detenidos. No se tienen ganas de hacer nada, aunque en el fondo uno sabe que debería hacer algo por salir de esa situación, de esa tristeza. Con frecuencia se suele estar cansado, se está cansado incluso antes de realizar algún esfuerzo. Se siente incapaz de pasar de la intención de hacer algo por sí mismo.

La persona apática nunca no ve la necesidad de hacer las cosas, siempre cuestiona o simplemente no obedece, la persona apática, siempre antepone sus gustos y debilidades de su carne ante sus responsabilidades, si tiene sueño se duerme, no importa si esta en el trabajo, en la universidad, en una exposición o en la iglesia, etc.

Durante la etapa de la iglesia primitiva también ocurrían estas cosas, a Pablo un apático se le durmió mientras el predicaba y cayo desde el tercer piso de una casa, “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche. Y un joven llamado Autico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto. Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No se alarmen, pues está vivo[3].”




[1] Audiencia general del Miércoles 14 de Noviembre de 2001, L’Osservatore Romano, edición española, p. 12.
[2] Cfr. Encíclica Veritatis Splendor, 86.
[3] Cfr. Hch. 7, 9 – 10.

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