INTRODUCCIÓN

Nos interesa, en particular, ver en un
primer momento la manera cómo las imágenes hegemónicas que tenemos sobre el
mundo adulto en las sociedades patriarcales han influenciado en la manera como
nos "imaginamos" a Dios en la teología y en las iglesias. Para
confirmar lo que decimos, basta analizar las predicaciones, la catequesis, el
testimonio, las leyes, las normas, etc. Estas imágenes de Dios, a su vez, han
influido directa o indirectamente en la conformación de ciertos imaginarios
predominantes sobre la juventud y la adultez, las cuales repercuten
dialécticamente en la condición y situación de los y las jóvenes hoy. Pero nos
motiva también trabajar a la inversa, es decir, a partir de los nuevos
imaginarios emergentes sobre la juventud, rediseñar nuevas imágenes
rejuvenecidas de Dios y, por tanto, nuevas imágenes de los adultos.
San Juan Pablo
II, comentó así estas palabras del Salmo “el orante se derrama en alabanza de
la ley de Dios, que toma como lámpara para sus pasos en el camino a menudo
obscuro de la vida[1]”. Queridos jóvenes, amen la
palabra de Dios, y amen la Iglesia, que les permite acceder a un tesoro de un
valor tan grande introduciéndolos a apreciar su grandeza, que es la Santa
Eucaristía. Ámen, sigan, crean y anuncien al Dios de Jesús, el fundador de la
Iglesia, de la misión de iniciar a los hombres el camino de la verdadera
felicidad.
No es fácil reconocer y
encontrar la autentica felicidad en el mundo en que vivimos, en el que el
hombre a menudo es rehén de corrientes ideológicas, que lo inducen a pesar de
creerse libre, a perderse en los errores e ilusiones de ideologías aberrantes.
Urge liberar la libertad[2],
iluminar la obscuridad en la que la humanidad va a ciegas. Jesús ha mostrado
como puede suceder esto: si se mantienen en mi palabra, serán verdaderos
discípulos míos, y conocerán la verdad y la verdad, les hará libres. El verbo
encarnado, Palabra de verdad, nos hace libres y dirige la libertad de los
jóvenes, hacia el bien.
Es muy común dentro del cristianismo tratar con cristianos
indiferentes, perezosos con falta de energía, apáticos. Hay muchos cristianos
sin fuerzas, que nada importa para ellos, están pensando solo en sí mismos,
nada les turba el corazón, nada los hace moverse de su comodidad. Están
estáticos. Es muy común verlos que no tienen comunión con Dios, no leen la
palabra, no ayunan, no van mucho a la iglesia, no ayudan a sus prójimos. Tienen
una vida sedentaria, donde abren más la boca y mueven más rápido la lengua que
los brazos o los pies.
La persona apática percibe la vida espiritual como insulsa, vacía y sin
sentido, siente que el gozo y las partes gratificantes del cristianismo han
sido detenidos. No se tienen ganas de hacer nada, aunque en el fondo uno sabe
que debería hacer algo por salir de esa situación, de esa tristeza. Con
frecuencia se suele estar cansado, se está cansado incluso antes de realizar
algún esfuerzo. Se siente incapaz de pasar de la intención de hacer algo por sí
mismo.
La persona apática nunca no ve la necesidad de hacer las cosas,
siempre cuestiona o simplemente no obedece, la persona apática, siempre
antepone sus gustos y debilidades de su carne ante sus responsabilidades, si
tiene sueño se duerme, no importa si esta en el trabajo, en la universidad, en
una exposición o en la iglesia, etc.
Durante la etapa de la iglesia primitiva también ocurrían estas
cosas, a Pablo un apático se le durmió mientras el predicaba y cayo desde el
tercer piso de una casa, “El
primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les
enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la
medianoche. Y un joven llamado Autico, que estaba sentado en la ventana,
rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido
del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto. Entonces
descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No se alarmen, pues
está vivo[3].”
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